Un día como cualquier otro, de una persona que trabaja como una máquina haciendo algo que no le gusta, para poder subsistir y si le queda algo de dinero darse un gusto, vivir. La noche lo aleja de ese mundo rutinario agregándole algún sabor, un color a esa vida gris que lleva en el día, digo algún sabor porque a veces son sabores demasiado insípidos o sabores demasiado fugaces siéndole difícil asimilarlos, pero también hay algunos casos que los disfruta por su aparente irracionalidad su estado cotidiano.
Su trabajo es de medio tiempo, en cualquier hora que apetezca la empresa él va a laborar, hoy por ejemplo ingresa cuando el sol casi caía, el ruido de las maquinas transportadoras de insumos, las luces incandescentes que impiden saber si es de día o de noche o si hace un bonito día o una cálida noche, lo enloquece. El tiempo es corto, pero trabajando en algo que no se gusta, desespero eterno, en el momento menos pensado gracias a dios deja de alongarse el tiempo del trabajo, aparece la calle, el frío, la noche, camina por la acera acompañado por una brizna leve que cubre su cuerpo, sonríe.
La celebración lo espera o mejor desespera por la fiesta, hace semanas no tiene contacto humano de esos de interactuar, compartir un poco, con nadie. ¡Qué mejor excusa para hacerlo!, aparece el edificio que es uno entre tantos edificios, ahora es una puerta de un apartamento, vibra el dedo mientras presiona el timbre, teme que no le escuchen pero esta se abre inmediatamente la puerta quedando una sala llena de invitados, casi todos desconocidos para él, como en el supermercado en que trabaja. Una suave neblina con aromas a tabaco e incienso para la cabeza los envuelve a todos en el lugar, lo llenan también a él mientras se integra, de nuevo sonríe, la música a todo volumen ingresa por los poros, sacude la ropa y relaja los músculos; le nace la necesidad de sentarse en una silla confort y efectivamente está allí, solitaria, acolchonada, toma posesión del trono donde la espacialidad del lugar es recreada por los actores-espectadores presentes que se congregan con las melodías y se dispersan cuando cesa la música y nuevamente se reunen cuando vuelve a sonar.-¿Pero qué hago? ¿La intención no es relacionarme?- Un aroma de críspetas llega a su rescate, lo arrastra a la cocina donde está Andrés, un amigo suyo que conoció una noche en el Guanabano hace meses cuando iba caminando con un amigo que resultó ser amigo de los dos, se encontraba Andrés conversando con un argentino, lo digo por el acento que tiene. Andrés me observa con un rostro de angustia, su rostro parece el grito de Munch que simultáneamente le decía: dejé la pierna en mi casa, dejé la pierna en mi casa, mientras lo miraba de abajo hacia arriba, -en dos medias hay dos pies, por lo tanto dos piernas y no comprendo lo que dice- se decía mentalmente. Sonrió, continuó con el plan crispeta, introdujo la mano en el enjambre de palomitas y de nuevo a la silla maravilla, olvidando de nuevo el plan inicial de relacionarse, pero estaba ocupada y la mano ahora solo tenía una crispeta, de nuevo a la cocina.- ¿será que Andrés es deforme? y ¿si tiene tres pies? ¿Como dejó una pierna? ¿Cómo se la quita? soy un mar de dudas y deseo el contacto verbal con urgencia- se decía mientras regresaba de nuevo, cocina mas aroma, igual crispetas. - Andrés, que se siente dejar una pierna en casa y solo caminar con dos? ¡SOS UN FENÓMENO!- le dijo, a lo que el otro respondió: no viejo, aquí lo que tenemos es un problema del lenguaje, cuando llegaste hace un momento, me encontraba hablando con Javier y por cosas del azar, una nena con la que tuve algo, ¡BELLISIMA!, resultó haber vivido con el argentino que fue su amante, pero en tiempos completamente diferentes. Ni Javier ni yo nos conocíamos hasta que llegamos aquí, pero más azar es que una mujer que ha sido amada por los dos y no estando aquí, tenga reunidos a dos perfectos desconocidos, ahora ya dicho esto procedo con el asunto de la pierna. Era que conversando con él, le iba a mostrar una fotografía de una pierna que llevo guardada en la billetera, para saber si identificaba a quién pertenecía. Ella día haciendo un trabajo de artes, porque estudiaba artes plásticas, se había vestido de prostituta y me mostró la sesión de fotografías que había realizado y escogió una foto donde posaba de cuerpo entero en ropa interior y prosiguió con unas tijeras a desmembrarse una extremidad adornada por una media velada y un liguero, luego me la regalo para que la recordara y desde ese día siempre la llevaba en mi billetera hasta hoy que me dio por organizar todos los papeles y documentos que tengo metidos allí y lo más seguro es que se quedo sobre mi cama esperándome deseosa de que la tome, por eso ahora decía: deje la pierna en mi casa.